viernes, 15 de abril de 2011

En espera de...

 Lo guardé en el cajón, en el último, en el más escondido. Ahí donde guardo todo aquello que no quiero que se malgaste, aún cuando sé que ahí escondidas esas pertenencias perderán su brillo inicial, igualmente se malgastarán, roídas por el tiempo, se malgastarán... Lo guardé con temor, con recelo cual ladrón egoísta de su tesoro... Todas las noches, y en ocasiones al alba, temerosa de que vieran lo que guardaba, me escabullía hasta ahí para mirarle, aunque fuera por unos segundos antes de colocarlo en aquel lugar; con el tiempo pensé, ¡que bello sería mostrárselo a alguien! ¡que placentero sería compartirlo con alguien más, hasta el fondo! y sentía culpa de pensar aquello, pero más de tenerlo ahí arrumbado, sin usar. Aún así, mi recelo continúo, ahora lo veía cada tercer día por temor a que se fuera a terminar cada vez que le miraba y ver los estragos que el paso del tiempo se iba cobrando sobre él. Pensé, que sería mejor una vez por semana, eso se convirtió en una vez por mes, hasta que llena de hastío dejó de importarme o mejor dicho olvidé que tenía uno, ahí guardado sólo para mí y olvidado por mí. Transcurría el tiempo sin pena ni gloria, decía mi madre estas palabras al verme como fría e indiferente me comportaba con todo aquello que tocaba o llegaba a mi vida, y ver  la hosquedad opaca que mi rostro  reflejaba también con el paso del tiempo. Me preguntó si aún lo tenía, que había hecho de él. Aún con recelo dije que lo había perdido, le inventé una historia de que lo había prestado a alguien pero no recordaba a quien. No insistió. Esa noche con curiosidad y temor fui a buscarlo, temía lo peor, imaginaba su descomposición, carcomido, putrefacto,  habían transcurrido ya 5 o 10 años desde la última vez que le vi. Para mi sorpresa, estaba casi intacto, opacado por el polvo pero aún servía, así que me decidí a usarlo de vez en cuando. Para mi mayor sorpresa, el color me venía perfecto, había perdido en mis rostro por mentira que se escuche 10 años, así que  lo usé con mayor regularidad, hasta que ¿porqué no? se transformó indispensable para mi. Ya no me apena usarlo, lo cuido, mas no tengo problema con compartirlo. Hoy, ¡hoy lo uso todos los días! sin importar el clima, la compañía, el lugar o la situación, pero su rojo se intensifica aún más, de una manera especial, de una particular belleza con tu llegada...

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